Cuando las experiencias de estrés crónico y sufrimiento se establecen en el cuerpo lo hacen en forma de tensión.
Esa tensión es energía y requiere energía para seguir activa, esa tensión permanente formará según los estudios e investigaciones una “armadura” de protección, esa armadura de tensión, de músculos crónicamente contraídos es apenas perceptible para el que la padece, sufre y su mantenimiento es asumido por el inconsciente, lo cual acabará generando nuevas tensiones adaptativas.
No tenemos cuerpo, sino que somos cuerpo y es en éste, donde nuestros conflictos, traumas y bloqueos van imprimiendo su huella y poco a poco, se va configurando nuestra coraza muscular en función de nuestras vivencias.
Esta coraza de alguna forma distorsiona el flujo de energía vital, produce letanía, dificultad emocional y disminuye el desempeño, es decir, los síntomas que conocemos de estrés post traumático.